El camino, el alma y el delantal manchado: Crónica de un encuentro

La mañana en las inmediaciones de San Antonio Oeste arrancó con el ritmo pausado del pedal. Hay algo en el ejercicio de andar en bicicleta que invita a la introspección, una suerte de diálogo privado con el viento antes de que el mundo despierte del todo. En ese silencio, sentí la necesidad imperiosa de escribirle, de mandarle un mensaje. La angustia del momento, esa nube que a veces nos rodea, se disipó con una respuesta breve y contundente: «Cargo nafta y voy para allá».

Y así fue. Llegó con su moto preparada para la navegación, envuelto en ese atuendo especial que usan los que desafían las rutas, pero trayendo consigo mucho más que equipaje.

El consultorio que no es, pero funciona

Este espacio que, aunque no lo digamos, funciona como una suerte de consultorio sociológico- recibió a mi hermano. No hubo críticas, no hubo quejas amargas. Hubo, en cambio, un relato honesto. Me habló de su vida, de la familia por la que luchó y soñó, del cansancio acumulado en los huesos y en el alma. Fue una descripción quirúrgica de situaciones, de esas que solo se comparten cuando la confianza es total.

Lo vi ahí: un tipo «hecho y derecho», sano, enfrentando su propia búsqueda. Más allá de cualquier análisis académico, mi respuesta nació de las entrañas:

«Andá, viajá, recorre las rutas que quieras. Escalá las montañas que el físico y el alma te permitan. Prestá tus oídos a los que saben de verdad; para el resto de nosotros, los que solo opinamos de cilindradas, rutas o deportes extremos sin haberlos vivido, usá oídos de plástico. Juntate, en definitiva, con la gente que te haga bien».

Entre la libertad y el análisis

Hoy mi hermano partió hacia el sur. Lo vi alejarse en su moto, buscando su libertad, buscando su ser. Lo merece.

Mientras escribo esto, aparecen algunas lágrimas. Se disipan rápido, no por falta de sentimiento, sino por costumbre profesional. Enseguida recurro a mi manchado delantal de sociólogo. Hago el ejercicio de correrme de las «prenociones», de intentar observar la realidad con esa distancia científica que nos enseñan.

Pero, como bien plantea Ariel Pennisi, aunque estemos configurados de cierta forma, también podemos actuar desde la fibra más humana. Hoy me permito esa imbricación: ser el sociólogo que analiza el tránsito de la vida y el hermano que simplemente abraza la partida de quien sale a buscar su destino.

Buen viaje, hermano. Que el camino te devuelva lo que estás buscando.

Gentileza Nación Escriba