Un estudio genómico liderado por investigadores del CONICET y el Instituto Pasteur de Francia sobre poblaciones que habitaron el Valle de Uspallata entre 800 y 600 años atrás revela cómo enfrentaron una crisis marcada por sequía, enfermedad y migraciones. Además, aporta nuevas evidencias que cuestionan la idea de la desaparición de los pueblos originarios en la región.
La investigación comenzó en las cajas del Museo Provincial de Ciencias Naturales y Antropológicas Juan Cornelio Moyano. Allí, restos humanos excavados hace casi un siglo por el pionero Carlos Rusconi aguardaban una tecnología capaz de interrogarlos. Para Ramiro Barberena, arqueólogo del CONICET y la Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO), la elección del sitio no fue casual: “Uspallata geográficamente es fantástica. Tenías disponibles desde hace décadas estos restos casi no estudiados, perfectos para el trabajo que hacemos”. A partir de ese material, un equipo interdisciplinario reconstruyó más de 2000 años de historia poblacional en la región.
El estudio, publicado recientemente en la revista Nature, fue coordinado por Barberena (ICB, CONICET-UNCUYO), Pierre Luisi (IDACOR, CONICET-UNC) y Nicolás Rascovan, del Instituto Pasteur de Francia. El proceso de investigación incluyó la participación activa de las comunidades huarpes Guaytamari y Llahué Xumec de Uspallata, que colaboraron tanto en la discusión conceptual como en las decisiones éticas sobre el tratamiento de los restos.
Para reconstruir la vida de estas poblaciones, el equipo analizó señales químicas preservadas en huesos y dientes que permiten inferir la dieta y el lugar de origen de una persona. Esta herramienta resultó clave para abordar una de las grandes transformaciones de la historia humana, conocida como la transición hacia la producción de alimentos: “La agricultura cambió completamente la organización social, las enfermedades y la economía. Cómo se dio esa expansión es una pregunta que siempre está sobre la mesa”, explica Rascovan.
Durante décadas, la arqueología intentó determinar si el cultivo había llegado a Mendoza a través de migraciones desde el norte o si había sido adoptado por las poblaciones locales. Mientras que en Europa este proceso estuvo asociado a reemplazos poblacionales, en Uspallata las evidencias apuntan en otra dirección. Tradicionalmente, los cambios en la cerámica se interpretaron como señales de movimientos de población. Sin embargo, como advierte Barberena, se trata de un indicador indirecto: “si aparece un tipo de plato o una vasija nueva, podrías pensar que era migración, pero puede ser simplemente intercambio”.
Para superar esa limitación, la investigación incorporó la paleogenómica, es decir, el análisis de ADN antiguo. Los investigadores compararon a grupos de cazadores-recolectores de hace 2300 años con agricultores que habitaron la región siglos después. Los resultados mostraron que son genéticamente indistinguibles y que no hubo reemplazo poblacional, sino una continuidad. Fueron las mismas poblaciones las que, a lo largo de generaciones, incorporaron especies domésticas a su entorno. El análisis confirma así una transición cultural propia: del consumo únicamente de guanacos y algarroba, al cultivo de maíz.
Cómo se organizaron frente a una crisis y el hallazgo de la tuberculosis
Uno de los aportes más interesantes de la paleogenómica es su capacidad para reconstruir el mapa sanitario de América antes de 1492: “Una de las grandes preguntas es de qué se enfermaban las poblaciones originarias; no se sabe bien qué patógenos existían antes de la llegada de los europeos”, comenta Rascovan. A través del ADN antiguo, su laboratorio identificó rastros de lepra y variantes de sífilis en el continente, pero el hallazgo de tuberculosis en Uspallata marca un hito geográfico.
El equipo detectó el linaje Mycobacterium pinnipedii (una cepa típicamente sudamericana) en restos humanos ubicados 1700 kilómetros más al sur de los casos reportados hasta ahora en Perú y Colombia. Actualmente, los investigadores manejan dos hipótesis principales sobre cómo esta bacteria alcanzó el actual territorio mendocino: la existencia de una red de contacto e intercambio cultural a lo largo de los Andes, o una transmisión zoonótica, es decir, un salto de la enfermedad desde animales salvajes hacia los humanos.
Este escenario no fue inmediato a la adopción de la agricultura, sino que ocurrió siglos después de que la práctica estuviera consolidada. El foco aparece en el sitio Potrero de las Colonias (hace 800-600 años), donde el análisis de 120 individuos revela un panorama de fragilidad social. Los datos químicos indican que este grupo no era originario del Valle de Uspallata, sino de zonas cercanas, probablemente de las llanuras de lo que hoy es Mendoza y San Juan. La migración, sostenida durante un siglo, parece haber sido una respuesta a condiciones de vida críticas.
Los estudios mostraron variaciones en el consumo de maíz a lo largo del tiempo, con momentos de mayor dependencia de la agricultura en algunas poblaciones. Según Rascovan, una población que depende casi exclusivamente de este cultivo enfrenta una mayor vulnerabilidad: “Si abandonaron sus campos de cultivo, que requieren una enorme inversión de trabajo, es porque algo los estaba forzando a moverse. La enfermedad, la malnutrición o eventos climáticos pudieron haber hecho insostenible la producción agrícola en su lugar de origen”. En los restos óseos se observan marcas de malnutrición, lesiones y señales de infecciones que indican una alta incidencia de enfermedades en el grupo.
Sin embargo, esta fragilidad no derivó en conflictos evidentes. En contextos de escasez, los modelos antropológicos suelen anticipar disputas por los recursos, pero el registro óseo de los 120 individuos analizados no presenta signos de violencia interpersonal. Para los investigadores, el hecho de que migrantes y locales compartieran el mismo espacio de entierro sugiere vínculos sostenidos entre ambos grupos: “Si una comunidad decide enterrar a sus muertos junto a los recién llegados, es porque probablemente existía un contacto previo”, afirma Rascovan.
El análisis genético permite avanzar un paso más y observar cómo se organizaban esos vínculos. Al estudiar el ADN mitocondrial (heredado por vía materna), los investigadores detectaron una continuidad casi absoluta en los linajes femeninos: “Encontramos grupos familiares unidos por la línea materna”, explica Rascovan. El equipo identificó incluso relaciones precisas, como una abuela, su hija y su nieta enterradas en el mismo sitio: “Estas mujeres migraron y se establecieron sin la presencia de sus maridos, lo que sugiere una organización basada en grupos familiares donde las mujeres tenían un rol estructurante”.
Identidad cultural y el mito de la desaparición
Durante décadas, distintos discursos (académicos, políticos y sociales) instalaron la idea de que las poblaciones originarias habían desaparecido o habían sido completamente reemplazadas: “La herencia de pueblos indígenas es muchísimo mayor en la Argentina de lo que el imaginario popular tiene integrado”, expresa Rascovan. En regiones como Mendoza, esa invisibilización adoptó formas más específicas y se sostuvo que las poblaciones indígenas locales se habían extinguido y que ya no existían descendientes en el territorio.
Sin embargo, los datos genómicos cuentan otra historia. El análisis de ADN de poblaciones actuales muestra que ese linaje persiste y que la firma genética de los antiguos habitantes del Valle de Uspallata sigue presente en personas que viven hoy en la región. Esa invisibilización, además, operó a través de mecanismos más sutiles: “En algunos lugares era tan mala palabra decir que uno era indígena que muchas personas dejaron de autorreconocerse para proteger a las generaciones siguientes”, cuenta Rascovan.
Al mismo tiempo, los científicos remarcan un posicionamiento claro frente a la identidad cultural. La genética puede aportar información sobre continuidades biológicas y trayectorias poblacionales, pero no traduce de manera directa cómo las personas construyen su identidad: “La genética no determina quién sos. El sentido de pertenencia es independiente de los genes. Lo que importa es el vínculo con la cultura y con el territorio”, resume Rascovan.
Este enfoque también transformó la forma de hacer investigación. El trabajo en Uspallata no se limitó al laboratorio, sino que se construyó en diálogo sostenido con las comunidades huarpes de la región, en particular Huaytamari y Llahué Xumec: “Estamos estudiando restos que, de un modo u otro, son ancestros de las comunidades actuales. Para ellos, esto tiene un significado afectivo y simbólico muy fuerte”, explica Ramiro Barberena.
En ese proceso, referentes como Claudia Herrera, Matías Candito y Graciela Cos participaron activamente en la construcción del proyecto: “Hoy la arqueología se piensa en diálogo con las comunidades. No es potestad del investigador decidir qué se estudia o cómo se estudia sin incorporar esas otras miradas”, señala Barberena. El trabajo conjunto incluyó el desarrollo de la muestra “Madre Algarrobo-Anepekne”, y se reflejó también en la autoría del artículo científico. “La ciencia tiene su propia mirada, pero no es la única ni la más abarcativa. No puede funcionar sola”, concluye.
Lo que la historia nos puede decir sobre el presente
Los resultados de Uspallata dialogan con problemas que siguen vigentes. Gran parte de los Andes enfrenta procesos crecientes de desertificación bajo el impacto del cambio climático. Aunque las sociedades actuales difieren de aquellas que habitaron el valle hace siglos, persisten condicionantes similares. A lo largo de generaciones, estas poblaciones desarrollaron estrategias basadas en la observación y la experimentación con el entorno: “Son cientos de años de aprendizaje sobre cómo manejar el paisaje y la agricultura en contextos difíciles. Eso no aparece en ningún libro de Sudamérica: es un reservorio de cómo estas sociedades construyeron estrategias resilientes frente a desafíos que, en algunos aspectos, son semejantes a los de hoy”, explica Barberena.
Para Rascovan, que migró a Francia tras formarse en la Argentina, su trabajo en Sudamérica no es solo una elección académica, sino también una forma de devolver lo recibido. Formado en el sistema público argentino, hoy coordina sus investigaciones desde el exterior: “Me siento en deuda con el sistema educativo y científico argentino, que me formó de manera gratuita y con una calidad reconocida internacionalmente”. El estudio en Uspallata es parte de un programa más amplio que involucra a decenas de investigadores, en su mayoría vinculados al CONICET y a universidades públicas: “Pese a todo lo que está pasando en la Argentina seguimos intentando sostener estas redes de trabajo”, dice Rascovan. Y advierte: “Hay un plan de destrucción sistemática del sistema científico en funcionamiento. Nosotros intentamos resistirlo manteniendo redes y sosteniendo, como podemos, instituciones de excelencia”.
Por Matías Ortale
Agencia TSS



